Cuando somos niños no tenemos la vocecilla de la vergüenza o la vocecilla del qué dirán, sólo nos lanzamos a la vida para experimentar por nosotros mismos: las experiencias del día a día; asombrarnos por aquello que desconocíamos y nos parece extraordinario, además el tiempo no es nuestro enemigo.
Las veces que corrimos buscando un tesoro deslumbrante o las veces que nos quedamos contemplando algo porque nos divertía, en ese momento no nos cuestionábamos el por qué lo hacíamos, tan sólo vivíamos un torrente de emociones que nos motivaban a seguir el camino que queríamos. Por tanto, Ponyo un ser de 5 años nacida en el mar decide explorar el mundo humano.

Cuando somos niños somos viscerales, no escondemos nuestras emociones; sin embargo, las manifestamos en un entorno donde nos sentimos seguros, donde sabemos que no vamos a ser juzgados por expresarnos. Ahora o quizás desde hace mucho, nos olvidamos que también fuimos niños y aprendimos a comprender el complejo mundo de los adultos a nuestra manera.
Parece que todavía es un error colectivo pasar por alto que los niños también son seres sintientes, aunque todavía estén comprendiendo y aprendiendo, los niños están dispuestos a tomar todo lo que el contexto les brinde y adoptarlo a su comportamiento. Así, Sosuke un niño de 5 años que rescata a Ponyo del contaminado mar y le transmite un amor cálido y desinteresado también, es capaz de consolar a mamá cuando papá navega lejos o es responsable cuando mamá no está.

Entonces, cuando somos niños no actuamos porque sí sino, actuamos de acuerdo con nuestro sentir, con aquello que vamos aprendiendo de los adultos y el contexto, de las lecciones que a diario nos repiten de hacer y no hacer. Así, vemos como Mei y Satsuki desde el cuidado, el respeto y el amor son dos niñas curiosas que ayudan a papá.
Es curioso, pensar que nuestra naturaleza sintiente se activa desde el momento en que nacemos. Por ende, cuando somos niños somos inconscientes de nuestro sentir, pero nuestros papás y el contexto lo vuelven consciente cuando nos guían y nos explican a través de la lengua cómo nombrar ese sentir, porque cabe aclarar que dependiendo del país: nombrar y dar significado al sentimiento, varía.
Ponyo le dice a Sosuke: me gustas (好き –suki– en japonés) y Sosuke le responde también con un me gustas, mientras se esconden de mamá cerca al mar. La simplicidad que nos muestra Hayao Miyazaki en esta escena, nos revela que al expresar con sinceridad un sentimiento, este nos abraza de manera cálida y nos da la energía necesaria para afrontar los cambios bruscos cuando no hay opción, más que vivirlos.
Cuando somos niños somos espontáneos, no dudamos en hacer algo, no pensamos en las consecuencias, porque la vida no es el mañana ni el ayer sino es el momento que vivimos. En la meditación e incluso, algunos psiquiatras, psicólogos o disciplinas del conocimiento dedicadas a comprender y aliviar el malestar el emocional: destacan la importancia de volver a la espontaneidad y a la curiosidad de la niñez, porque en ocasiones, la angustia por la vida nos domina al punto de impedirnos vivir.

Así, Ponyo –una niña de 5 años– nos muestra la valentía de seguir aquello que se quiere, aunque implique esforzarse por cumplirlo, aunque implique renunciar a lo conocido. Por tanto, Hayao Miyazaki nos invita a comprender desde la naturaleza sintiente y lógica de un niño el juego sincero y espontáneo de las decisiones. La grandeza de vivir es la grandeza de aceptar la simplicidad de la vida.


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