La manera de sentir, percibir y vivir es diferente en cada persona. No obstante, la psicología y la neurociencia agrupa el comportamiento humano en discursos que puedan explicar a través de un lenguaje universal los procesos emocionales que vivimos en el día a día. Así, las emociones básicas son: alegría, ira, tristeza, asco, miedo y sorpresa, las cuales se manifiestan de acuerdo con lo que estemos experimentando en una situación determinada.
Las emociones son parte de nuestra naturaleza, por tanto, no las podemos eliminar a nuestro antojo, como una conversación de WhatsApp. Pero ¿por qué es importante hablar sobre lo que sentimos? Sencillo, porque sentir, aunque no lo creamos guía nuestra vida al equilibrio o al desastre, como en los dramas turcos. Además, no es un secreto que después de la pandemia ha sido relevante aprender sobre nuestra gestión emocional.
Sin embargo, olvidamos que sentimos, lo olvidamos porque nos acostumbramos a silenciar las notificaciones de nuestro propio cuerpo y mente. Aquí, no hay un debate filosófico como en el pasado, de si la mente está o no, conectada al cuerpo, aquí la mente y el cuerpo son uno al igual que en la psicología budista. Es importante escucharnos, porque quien saldrá lastimado no es otro que nuestro propio ser.
Además, para comprender lo que sentimos recurrimos al lenguaje para verbalizar los pensamientos o sensaciones que experimentamos, por tanto, sentir no es solo una cuestión individual sino, también colectiva; compartimos sentires tejidos desde la cultura y la naturaleza humana. Pensemos en los discursos históricos que aún permanecen o se transforman, para entender y reflexionar acerca de la complejidad del SER.
Sí observamos el arte en todas sus manifestaciones, vemos como ayuda a las personas a expresarse con aquello que les genera malestar: la injusticia, el sufrimiento, la culpa y quizás el odio, pero también provoca en las personas: esperanza, motivación, compasión y sanación. El arte nos permite acercarnos a otros desde la afinidad de pensamientos y creencias; además, nos conecta con otros discursos distintos al de nuestra cultura y sociedad.
Aunque, en la narrativa audiovisual (concretamente en el cine), pareciera que se borran los límites del territorio. Es interesante como un filme de Japón puede hacernos sentir identificados de igual manera que un filme de nuestro país. El cine nos abre los caminos de la exploración sensorial, de la reflexión. Por tanto, en el caso del cine animado nos lleva por rumbos donde la fantasía y realidad se combinan, donde la moraleja no es solo para los niños sino también para los grandes.
El cine nos permite viajar; nos narra: los encuentros, las anécdotas, el pasado o el futuro desde varias perspectivas; nos conduce por planos, sonidos, voces y colores para comprender eso que nos muestra, pero sobre todo nos conecta con el sentir humano, con las emociones que están en el interior de cada uno de nosotros y son compartidas. Por tanto, el cine es un puente comunicativo para reconocer y hablar sobre el comportamiento humano.
En este caso, el cine animado japonés revela con un formato de dos dimensiones, que el camino de la vida no se define por la fama, los seguidores o sucesos extraordinarios fuera de lo común, sino más bien, la vida se explora y se vive por nuestras decisiones desde lo cotidiano. No obstante, nos muestra que no hay finales felices (es decir el final, final) sino al contrario, el final es el comienzo de nuevas experiencias.
Los invito a reencontrarse en personajes pintorescos, los cuales reflejan la complejidad humana. Sentir el cine animado es un tejido colorido de sentires con el fin de mostrar lo que en ocasiones olvidamos.
Soy Alejandra Chaparro, la protagonista de mi propia película, donde los sentires del arte los comparto con ustedes ¡Gracias!
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