En nuestro recuerdo habitan sensaciones, emociones, seres y momentos que son irrepetibles; de vez en cuando los proyectamos como una película en cámara lenta para volver a sentir lo que ya no está, lo que nos hace falta. Nuestro recuerdo parece que solo es de nosotros, pero está vinculado a otros seres, a otras historias que pueden interpretarlo y sentirlo de manera diferente.
Hay veces, creemos que el recuerdo es sinónimo de pasado, de ausencia u olvido, aunque es el acto de recrear lo vivido; ese momento particular que recordamos, ese momento que proyectamos en nuestra cabeza no es cosa del azar: evocamos aquello que nos duele o conforta, aquello que nos permite seguir o quedarnos en lo que fue.
Recordamos desde la intensidad de nuestras emociones, desde las fibras sensibles de nuestro ser, por ello, podemos experimentar de nuevos esas sensaciones de un vacío inexplicable y doloroso o de una alegría permanente. Entonces, ese recuerdo que no soltamos puede causarnos malestar, puede convertirse en un refugio que es difícil de soltar, donde parece detenerse el tiempo y lo demás no importa, allí es cuando nos referimos al apego entendido desde el budismo.
Natsume, una niña en su último año de primaria, visita todos los días el departamento de un edificio que pronto será demolido, que se dice está embrujado. Aún, no puede asimilar la muerte del abuelo Yasuji y la mudanza, además de no entender el comportamiento de su amigo Kosuke.

Natsume sintió que era parte de una familia, la amabilidad y el amor del abuelo la consolaron, pero ya no la acompañará. El departamento se convierte en su refugio, testigo de su corta felicidad, se aferra al pasado. Es imposible aceptar la ausencia de un ser querido sin tristeza o impotencia.
Hay veces, sentimos que perdemos el rumbo de nuestra vida ante un cambio brusco, ante una experiencia dolorosa, sentimos que aquello que teníamos ha desaparecido para siempre, por lo tanto, elegimos tomar el recuerdo como una salida segura e indolora, aunque suene paradójico, creemos que vivir en el recuerdo puede aligerar el peso del presente.
De pronto, un incidente en el techo del “edificio embrujado” lleva a Natsume, Kosuke y otros cuatro niños a vivir un suceso extraño: se encuentran a la deriva en un edificio abandonado en el océano, no hay nada más. Ahora, deben buscar el camino a casa. Los contratiempos que se les presentan son tormentas que traen lugares vinculados a emociones profundas, lugares que parecían olvidados, lugares que albergan recuerdos sin que ellos lo noten.

Así, Natsume prefiere seguir a Noppo, un ser peculiar que los ha acompañado en su travesía; está conectado al edificio de manera mística, parece que el “edificio embrujado” y él son uno. El destino de Noppo es inevitable, pero él se niega a dejar atrás las sonrisas de Natsume y Kosuke, se resiste y también Natsume. No obstante, una fuerte tormenta hace que Natsume descubra el propio miedo a morir, a dejar atrás lo conocido.

No es sencillo soltar nuestro recuerdo y comprender que soltar no es olvidar, además cuando se convierte en refugio está conectado a emociones y creencias que nos hacen sentir protegidos. Vivir en el pasado es una elección que depende de nuestro sentir, de la manera en cómo interpretamos la experiencia y la comparamos con aquello que vivimos y sentimos en el presente, por lo tanto, al encarar con brusquedad que el recuerdo no es tangible, real y no detiene el tiempo: descubrimos que somos seres de carne y hueso, seres con su propia vida e historia.
Hiroyasu Ishida, Hayashi Mori y Minaka Sakamoto nos revelan en una aventura dramática el dolor de soltar, el dolor de comprender que no tenemos el control a los cambios inesperados, a los cambios que parecen ajenos a nosotros. Quizás, naufragamos intentando encontrar un refugio seguro y sin dolor ante la pérdida, pero todo naufragio tarde o temprano halla un puerto, un puerto que no está exento de historia y sentir.


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