Aún, los niños no entienden de sentires; aún, están aprendiendo su relación con el otro; aún, su ser sintiente está aflorando: tantas emociones, sentimientos por nombrar, experimentar y vivir que la aventura recién empieza. Entonces, su ser sintiente puede ser intenso, visceral e impulsivo porque están reconociendo, explorando e interpretando su naturaleza sintiente en cada experiencia y son los adultos quienes refuerzan ese vínculo.
Un niño actúa desde la espontaneidad y la imitación a través de la observación y asimilación. Un niño no entiende de las complejidades humanas, aunque las sienta. Un niño no vive del pasado o del futuro, sino que vive el momento, pero no olvida las promesas, las promesas que afianzan los vínculos afectivos con los demás.
Un niño al igual que un adulto siente tristeza, frustración, ira, celos; sin embargo, no con la misma intensidad o carga emocional porque un niño a diferencia de un adulto está aprendiendo a gestionar, a reconocer y aceptar la visita de las emociones incómodas, de las emociones que hay veces, como sociedad nos cuesta observar, asumir y soltar.
Kun –un niño de cuatro años– se siente solo: la llegada de su hermana Mirai le ha quitado la atención de los adultos. Ahora, debe comportarse como el hermano mayor, ser ordenado y considerado, pero no está preparado para tal responsabilidad, todavía, quiere sentir el cariño de papá y mamá, todavía quiere ser el niño consentido de la casa. Entonces, Kun comienza a comportarse de manera rebelde, no está dispuesto a perder el cariño de sus papás por causa de Mirai.

Hay veces, creemos que los niños son rebeldes sin causa, creemos que sus rabietas no tienen fundamento alguno; no obstante, pensamos como adultos, interpretamos de acuerdo con nuestra experiencia y aprendizaje, por tanto, invalidamos su sentir porque nos parece que un niño es consciente de su propio sentir, es consciente de las emociones que afloran en su ser, pero Kun nos revela a través de su comportamiento impulsivo y caprichoso que no sabe cómo compartir el amor de sus papás con su pequeña hermana, cree que ella es la villana.
Así que, el pequeño Kun cada vez que intenta sentirse amado, percibe que su hermana le arrebata el amor de sus papás entonces, la ira lo domina: como aquella vez que quiso que papá le enseñará a montar bicicleta o cuando quería ser cuidado por mamá, pero no funciona porque ante sus ojos Mirai es más linda que él, además su mamá se ha convertido en una bruja debido al enojo.

Mamoru Hosoda nos muestra el dilema del pequeño Kun: sentirse amado, protegido cuando lo demande, aunque a la vez se sienta triste e incomprendido. Así, las veces que la ira lo domina y sale corriendo, el árbol del jardín lo lleva a vivir una aventura que lo conecta con sucesos del pasado y el futuro.
Entonces, Kun cuando explora, vive y es testigo de los sucesos que marcaron su historia: comienza a reconocer los sentires que está aprendiendo a nombrar y gestionar cuando lo visitan. Por ejemplo, cuando el pequeño Kun conoce a su bisabuelo entiende que debe tener coraje para encarar el miedo que le impide montar en bicicleta. Por otro lado, Mei y Satsuki nos revelan que los niños también pueden ser más conscientes de su sentir.

Sin embargo, la naturaleza sintiente de un niño es una naturaleza que no está libre de distorsiones mentales, es decir, un niño al observar e interpretar según su experiencia un suceso que lo afecta puede comprenderlo de manera errónea ya que todavía está afianzando y reconociendo las sensaciones, pensamientos que experimenta y genera su mente-cuerpo en determinadas situaciones, por tanto, es importante que los adultos los guíen de manera clara y respetuosa.
Mamoru Hosoda nos invita a sentir a través de la naturaleza sintiente del pequeño Kun que los niños al igual que los adultos no están preparados para los cambios bruscos, los giros inesperados porque al igual que los adultos se han acostumbrado a cierta rutina, a ciertas costumbres.

Todavía, tenemos la idea equivocada de que los niños por ser niños se adaptan de manera sencilla a los cambios, pero no podemos asegurarlo, porque los niños también son seres sintientes. Somos la continuación de elecciones, voluntades y sentires que se aprenden a través del lenguaje, la experiencia y la exploración, por tanto, todos somos seres sintientes que interpretan las vivencias con distintas intensidades y complejidades.


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