Quizás, nunca estamos preparados para los cambios bruscos, para los giros inesperados que debemos afrontar y vivir; esos giros inesperados que parecen villanos, que han venido con el único propósito de hacernos desencantar de la vida. Sin embargo, depende de nosotros cómo interpretar esos giros, depende de nosotros cómo afrontar y comprender los sucesos que han venido para cambiar nuestra vida.
Un giro inesperado es un suceso que nos toma por sorpresa, nos toma desprevenidos; no sabemos cómo actuar e incluso sentir; son sucesos intensos que nos dejan confundidos porque han cambiado en un abrir y cerrar de ojos nuestra realidad. Hay veces, creemos que nuestra vida no puede ser alterada, que nuestra vida sigue su propio curso sin improvistos, sin giros inesperados, pero no siempre sucede así.
Una enfermedad, una ruptura amorosa, una guerra y la inesperada muerte pueden ser giros inesperados, giros que nublan nuestro juicio, inquietan nuestro sentir y nos dejan de una sola pieza. Entonces, podemos experimentar sensaciones, emociones que nos llevan a negar el suceso intenso porque no estamos preparados ni mental ni emocionalmente para encararlo.
Aunque, no lo creamos, aunque nos parezca una cuestión quizás más racional que visceral, en realidad: nuestra complejidad sintiente nos guía a filtrar, a gestionar e interpretar el suceso, por eso, en ocasiones, pueden generarse distorsiones mentales o traumas que deriven en malestar emocional a largo plazo.
De regreso a casa, Okko y sus papás sufren un accidente automovilístico. Okko es la única sobreviviente de su familia. Su abuela materna se convierte en su tutora y ahora debe vivir en un pueblo rural, en una posada donde su abuela es la dueña y la anfitriona. Parece, que Okko ha asimilado la muerte de sus papás, aunque sueña todas las noches con ellos, aunque todavía piensa que están vivos.

Okko está dispuesta a ayudar a la abuela; gracias a sus amigos, amigos que solo pueden ser vistos por ella, amigos que no se encuentran en el plano terrenal. A diferencia de Momo, Okko se esfuerza por vivir cada día, sin dejarse atormentar por su vulnerabilidad humana, por sus sentires que anhelan aquello que ya no está.

Kitarō Kōsaka nos revela en esta adaptación fílmica que la muerte es un giro inesperado, un giro que puede causar negación; por más que queramos ser fuertes, por más que nos esforcemos por no incomodar a los demás por nuestros sentires, aquello que guardamos muy dentro de nuestro ser, aquello que ignoramos: es una bomba de tiempo, porque nuestra naturaleza sintiente no es de guardar y callar sino es de verbalizar y encarar.
Los sentires negados e ignorados por Okko afloran cuando conoce a la persona involucrada en el accidente: no sabe cómo encarar la realidad, no sabe cómo encarar la inevitable pérdida, pero Kitarō Kōsaka nos muestra con sutileza que aquellos vínculos que genera con sus amigos fantasmas, con los visitantes de la posada se convierten en el puente de aceptación para comprender que en ocasiones, el curso de la vida es un misterio, un bello misterio que nos revela que no estamos solos.

Los giros inesperados que podamos experimentar, los giros inesperados que nos quiten el aliento y nos nublen el juicio: pasan, como dirían los budistas; pero no significa que no los sintamos, que no seamos vulnerables y podamos sufrir. Los sucesos intensos pasan porque el curso de la vida es cambiante; el verdadero desafío es aceptar que la vida trae consigo giros inesperados, giros inesperados que nos invitan a tener coraje y resiliencia.


Deja un comentario