Quizás, alguna vez, quisimos rendirnos, quisimos huir y dejar todo atrás; olvidarlo todo para aliviar el sufrimiento que nos consumía por causa de una experiencia dolorosa, por causa de una experiencia donde nos invalidaron y violentaron mental, emocional o físicamente, una experiencia que se repitió a lo largo del tiempo y parecía que nunca se iba a acabar.
Entonces, comenzamos a sentirnos inseguros, a sentirnos desprotegidos porque el actuar injustificado del otro no lo podemos comprender, no lo podemos explicar: ese comportamiento dominado por el odio y la ira. Por ende, se nos dificulta encarar y verbalizar nuestro sufrimiento ya que creemos ser los culpables y los responsables del resentimiento del otro, por tanto, pensamos que el maltrato recibido es justificado por causa de nuestra personalidad, comportamiento o condición entonces, consideramos que nosotros somos los villanos de la historia.
En nuestra infancia e incluso, en nuestra adolescencia: estamos aprendiendo y comprendiendo nuestros sentires gratos y no tan gratos, estamos asimilando nuestras relaciones con los demás; estamos aprendiendo a verbalizar, a gestionar y a expresar aquello que sentimos, percibimos e interpretamos como sentimientos y emociones, en ese proceso de aprendizaje nuestra familia y el entorno en el que nos encontremos refuerzan aquello que empezamos a entender y a reconocer como naturaleza sintiente, ya que nos va a acompañar a lo largo de nuestra vida.
Sin embargo, parece que, desde un acuerdo social-cultural: la naturaleza sintiente no es una cuestión que merezca de atención y aprendizaje; no es necesario desgastarse en explicar sobre cómo nombrar y gestionar lo que sentimos, ya que la observación, la lógica y la experiencia nos guiarán. Aún, tomamos a la ligera la visita de nuestros sentires en cada experiencia vivida; aún nos acostumbramos a invalidar nuestra voz para ser reconocidos por otros y todavía los adultos reprenden a los niños y a los adolescentes por su manera de sentir, por sus sensibilidades aún inocentes.
Al volvernos indiferentes con nuestros sentires no tan gratos –como la frustración o el enojo– y al rechazarlos cuando vienen de visita; estamos gestando en nuestro ser un malestar intenso y recurrente. Todo empieza desde la infancia como dirían algunos filósofos, psicólogos, psiquiatras y budistas: nuestra infancia es el primer contacto con la sociedad desde el lenguaje y el entendimiento, es a partir de allí donde se tejen las creencias y el modo de percibir la realidad.
Así, Shouko Nishimiya –una chica sorda– intenta suicidarse; ya no puede seguir reprimiendo el sufrimiento y la culpa que la consume desde hace mucho tiempo; sin embargo, Shoya Ishida –un chico– viene al rescate y la salva, aunque es paradójico ya que Shoya también intentó terminar con su vida. Pero, qué tienen en común estos dos adolescentes: haber sufrido de bullying, es decir, de maltrato psicológico e incluso físico por parte de sus compañeros de manera reiterada, maltrato que los llevó a generar malestares emocionales.

Sí bien es cierto, Shoya durante el sexto grado acosó y maltrató a Shouko por su personalidad y condición, también, termina convirtiéndose en una víctima del maltrato y la indiferencia por parte de sus supuestos amigos y compañeros por causa del acoso que generó.
Aquí, es importante señalar que tanto Shouko como Shoya se sienten culpables; creen que son los causantes de todas las desgracias que viven y, por lo tanto, lo merecen: se odian así mismos. Aunque, no podemos decir que el uno se lo merecía y el otro no, porque estaríamos ignorando la historia de cada ser, estaríamos cayendo en el error de señalar sin comprender el contexto.
Debemos ser conscientes que no podemos gestionar nuestras emociones si no las comprendemos, si no nos han enseñado a diferenciarlas, además de que cada ser interpreta sus emociones desde una perspectiva individual y colectiva. Por eso, Shouko y Shoya de acuerdo con su experiencia y aprendizaje entienden desde su contexto que son una carga para la sociedad: Shouko por su condición y Shoya por ser una persona despreciable, creencias que se reforzaron a medida en que crecieron. Ambos sienten que la única manera de no sentir esa presión invisible y evidente es poner fin a su vida.

Reflexionemos: ¿Qué tipo de ofensa comete quien por causas de la vida nace o tiene algún tipo de discapacidad?, ¿Qué tipo de ofensa comete quien está dispuesto a cambiar cuando sabe que ha causado un daño quizás, irreparable? Creemos tener las respuestas a nuestra complejidad humana; pensamos que reprocharle y exigirle al otro sobre su modo de actuar y sentir es válido, pero en realidad, sólo estamos actuando desde nuestra propia experiencia y aprendizaje, desde los acuerdos sociales que hay veces, marginan.
Creer que una persona es cobarde al pensar en el suicidio como única salida a su sufrimiento: sería invalidar la historia y las vivencias de esa persona. Debemos comprender que, en ocasiones, los acuerdos sociales y las creencias compartidas generan malestar y presión en otros; no todos sentimos e interpretamos con la misma intensidad.
Por ejemplo, Makoto nos muestra como entra en conflicto por causa de sus acciones egoístas, por causa de la creencia compartida y la interpretación individual, interpretación entendida desde la experiencia. Por tanto, comprender la complejidad de nuestra naturaleza humana requiere de una perspectiva compartida y una introspección consciente. No podemos quedarnos en juzgar al otro porque no va en sintonía con la sociedad, no debemos quedarnos en lo supuesto evidente.
Así, Naoko Yamada, Kiyoshi Shigematsu y Reiko Yoshida en esta adaptación fílmica nos revelan la necesidad de verbalizar y expresar nuestro sufrimiento para que no se convierta en una carga insoportable, en una carga que termine por invalidar nuestra propia voz. Además, nos invitan a tomar el riesgo de sentirnos y escucharnos para ser capaces de reconocer y abrazar nuestro sufrimiento. Las tormentas más oscuras pasan: el milagro de vivir es el milagro de aceptar nuestra vulnerabilidad humana.


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