Es cuestión de igualdad, dicen. Es cuestión de género, afirman. Es cuestión de respeto, aseguran. Pero, cada uno se encarga de tejer su discurso para interpretar la realidad, para defender su voz y sus pasos. Estamos permeados por acuerdos sociales-culturales que a lo largo de la historia han mantenido o han cambiado normas y costumbres establecidas, para que la sociedad sea una sociedad orgánica y diversa.
Aún, no se pueden eliminar del todo las brechas entre las generaciones, esas brechas que, en algunos casos, no son permisivas porque sus creencias desde la religión, la política y la misma cultura han sido los puentes para interpretar su realidad, por tanto, no es extraño que aún, la mujer deba someterse a la voluntad de una voz masculina. No obstante, pensarán, que eso depende del país, en parte es cierto, pero, si no lo miramos desde la generalidad, podemos sorprendernos de las culturas que se pueden decir, son más flexibles.
Cabe destacar que, para poder entender el rol de la mujer y su discurso, debemos analizar el proceso histórico que se ha tejido desde cada cultura, porque el devenir mujer está limitado por fronteras geográficas, además, es importante mencionar que a partir de las teorías feministas, a partir de las voces femeninas que alzaron la voz para reconocer sus derechos, empezaron a alzar la voz otros seres para ser visibilizados en un discurso de género que sólo se planteaba a partir de lo binario (hombre o mujer).
Así, en Japón en el período Edo (1615-1868) vivió una mujer que quizás, transgredió todas las normas y acuerdos sociales sobre ser mujer en ese momento histórico: fue la artista O-Ei Hokusai, hija del famoso artista de ukiyo-e Hokusai (conocido por su cuadro: ‘La gran ola de Kanagawa’); O-Ei fue una mujer despreocupada por el protocolo que debía cumplir dentro de una sociedad demasiado patriarcal, donde la mujer estaba sometida a servir y a reprimir sus necesidades por el bien común.
Keiichi Hara nos muestra en un escenario cotidiano e histórico a una mujer con carácter, a una mujer que no teme pensar y hacer lo que considera, además la libertad de ser y sentirse mujer, aún rodeada por hombres. O-Ei trata de igual a su padre, en una sociedad donde es indispensable reconocer la jerarquía. O-Ei para ser reconocida como buena dibujante del shunga (estampados eróticos japoneses) decide ir a un burdel para experimentar el placer carnal y así ser capaz de retratarlo en sus dibujos. No obstante, O-Ei realiza trabajos bajo el nombre de su padre.

Entonces, O-Ei parece una excepción a la regla, una excepción dentro de ese deber ser, a diferencia, por ejemplo, de la princesa Kaguya quien es por decisión de otros, por la codicia humana más no por ella misma. Es curioso, como los procesos históricos nos revelan los roles que se han gestado quizás, por cuestión de poder. Aunque, existan acuerdos sociales-culturales; aunque, las creencias tomen la vocería: siempre habrá un ser que las transgreda a su manera, que las transgreda porque demuestra que los puentes comunicativos deben ser transformados para visibilizar la diversidad de ser.
Quizás, ahora en estos tiempos modernos parezca obvio el devenir mujer; sin embargo, no siempre fue así o todavía no lo es. Lo cierto, es que comprender otro contexto histórico, comprender que, en ocasiones, la cultura y la sociedad juegan un rol importante en la identidad y en el discurso de cada ser nos permite entender el privilegio del que hoy somos participes, la naturaleza de las cosas no surge de la nada es un complejo resultado de cambios a lo largo del tiempo.

O-Ei nos revela a una mujer japonesa que no es sumisa sino, es arriesgada y obstinada; una mujer cotidiana y citadina que parece estar en la época equivocada, pero me pregunto cuántas mujeres en su época no se rebelaron para sentirse libres y con anhelos; sin embargo, no están en los libros; me pregunto si aún la sociedad japonesa donde prevalece el bien común, reconoce el devenir mujer.
Keiichi Hara y Miho Maruo nos revelan en una historia cotidiana e íntima: la biografía de una artista que nos muestra que el único obstáculo para sentirse y vivirse es uno mismo.


Replica a Alejandra Chaparro Cancelar la respuesta