Me cuesta respirar, sentir la calidez de un abrazo, percibir la sinceridad en las palabras; me atormentan mis pensamientos, solo veo maldad, incomprensión y codicia. Es imposible, para mi sonreír, confiar y compartir: siento que todo es un engaño; ahora, se ha intensificado el dolor en mi pecho.
Entender los actos de las personas es complicado, intento descifrar sus pasos, descubrir sus intenciones, pero veo solo actos egoístas; desconozco lo que alguna vez conocí, desconozco lo que soy y, por tanto, me odio, me odio, por quien soy, por mis pensamientos negativos, no tengo merito alguno, solo carencias y frustraciones. Se intensifica más el dolor en mi pecho, al descubrir que no tengo un lugar cálido al cual llamar hogar.
Son los pensamientos de Anna una chica de 12 años, quien no sabe cómo aliviar el sufrimiento que ha gestado desde pequeña: su familia biológica ha muerto y ha quedado huérfana; sus parientes lejanos no quisieron hacerse cargo de ella; sin embargo, ha sido adoptada, pero la alegría dura poco al encontrar una prueba inquietante que la hace distanciarse de sus padres entonces, sus emociones hasta ahora reprimidas: afloran, ya no puede ocultar la confusión, ira, angustia y frustración por el camino que debe vivir, que debe seguir para sentirse agradecida.

Cuando creemos encontrar las respuestas innegables acerca de quienes somos, esas respuestas que parecen necesarias para validarnos, pero que sentimos que no nos representan: nos sentimos desprotegidos, nos sentimos ajenos a la realidad que estamos viviendo; nuestra vulnerabilidad se intensifica, porque todo nos parece pretensioso y falso. Hay veces, sin darnos cuenta, nuestra interpretación acerca de la vida y de nuestras vivencias pueden jugarnos una mala pasada, una mala pasada que puede causar malentendidos y sufrimiento.
Entonces, nos encerramos en nosotros mismos y decidimos no verbalizar ni expresar lo que nos consume por dentro. Parece que nos han implantado en el imaginario colectivo: que no podemos sufrir a causa de trivialidades, a causa de malestares que pueden solucionarse en un santiamén, nos han aleccionado a negar e ignorar esas sensaciones incómodas, esos sentires sin nombre que nos abruman hasta en los sueños.
Es indispensable, sacar, exponer y hablar de nuestra naturaleza sintiente –lo he reiterado y lo seguiré reiterando–, porque la vida no se trata de tener bajo control y en estricta vigilancia nuestras sensibilidades y vulnerabilidades sino al contrario, se trata de reconocerlas, aceptarlas y gestionarlas. Alguna vez, se han cuestionado por qué ahora en estos tiempos modernos, se han multiplicado y diversificado los malestares emocionales, es una reflexión que no debe tomarse a la ligera, una reflexión que explora nuestras transformaciones comportamentales como sociedad.
El budismo, se refiere al sufrimiento como algo que nace de nuestra distorsión mental, por tanto, somos nosotros quienes decidimos sufrir, de cierta manera; sin embargo, Thích Nhất Hạnh (monje budista zen) nos revela que el sufrimiento siempre estará presente en nuestra vida y nos visitará de maneras distintas, por tanto, más que ignorar o rechazar el sufrimiento debemos reconocerlo y aliviarlo. No lo podemos simplemente eliminar como un virus o una bacteria sino, quizás es el antagonista de nuestra naturaleza sintiente para mantenernos en equilibrio.
Así, Anna quien sufre a causa de su innegable realidad conoce a Marnie una chica de su misma edad: crean un fuerte vínculo donde sus sentires afines están marcados por la compasión y el apoyo. Son capaces de compartir su sufrimiento y de aliviarlo a través de la compañía, de una compañía que comprende su malestar emocional y no lo invalida; pasa con Takao y Yukari, quienes, sin importar la diferencia de edad, se consuelan en el silencio.

Cuántas veces nos parece imposible e ilógico verbalizar nuestro malestar emocional para aliviarlo; cuántas veces decidimos callar antes que mostrar nuestra vulnerabilidad. Aquí, me parece importante mencionar al sociólogo Zygmunt Bauman (conocido por su discurso sobre la modernidad líquida) porque a través de su discurso e investigación nos revela que a causa de un consumismo caótico y latente: la individualidad del sujeto va a llegar a un punto donde va a desconocer su propia naturaleza humana, donde va a llegar a desconectarse por completo del sentir compartido, por preferir el imaginario colectivo de lo efímero, reemplazable y egocéntrico.
No obstante, Hiromasa Yonebayashi y Keiko Niwa nos revelan en Anna y en Marnie la importancia de conectarnos con el otro a través de nuestra naturaleza sintiente. Somos imperfectos, somos vulnerables, somos contradictorios y cambiantes: somos seres sintientes. Entonces, no debemos pensar que somos los únicos que sufrimos, los únicos que sentimos porque estaríamos siendo egoístas con el otro, invalidando así su sentir; reconocer nuestro sufrimiento es generar puentes comunicativos para expresar y aliviar nuestro malestar emocional a través de la compasión.


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