Parece fácil vivir nuestro camino: aprender, decidir, arriesgar, equivocarse y sentir; nos esforzamos por fallar lo menos posible, por no defraudar; pero también nos esforzamos para vivir sin remordimiento; sin embargo, no estamos solo sujetos a nuestras voluntades sino a esos pactos silenciosos e invisibles del deber ser. La complejidad humana es una contradicción constante, una contradicción que está condicionada por aquellos pactos silenciosos e invisibles; por la razón que pesa por encima del sentir y por la visceralidad que desconoce sobre la conciencia.
Entonces, cuando el sufrimiento nos visita: lo primero que hacemos es negarlo, porque es imposible sentirnos así, se supone que nos estamos esforzando, se supone que lo estamos haciendo bien, pero resulta que ese sufrimiento se ha venido gestando por todas aquellas veces que nos sentimos invalidados por la sociedad, por las exigencias y reproches de diferentes voces que creían tener la razón; lo paradójico es que esa sociedad se pacta a través de las relaciones humanas.
La princesa Kaguya debe cumplir con los acuerdos sociales del patriarcado (sociedad dirigida por voces masculinas) para ser reconocida por la nobleza; debe suprimir sus emociones; debe ser complaciente y sumisa porque la verdadera felicidad se halla con un poderoso caballero. Su libertad no es válida si no es aprobada por otro; su sentir no es válido si no es para otro, por tanto, una profunda tristeza, impotencia y decepción comienza a gestarse en la princesa, pero no puede expresarlo, porque el humilde cortador de bambú eligió para ella: el mejor camino para ser feliz.

Parece que sí nos rebelamos contra aquello que atenta contra nuestra integridad, estaríamos atentando contra todo aquello que queremos; parece que sí nos rebelamos podemos ocasionar estragos irreversibles. Por eso, quizás, nos acostumbramos a temerle a las posibles consecuencias de nuestras propias elecciones y a negar nuestro propio bienestar por el bien del otro.
Es interesante, como Isao Takahata nos revela de manera sutil, pero reiterada la codicia humana, esa codicia acaparadora que desconoce de la vulnerabilidad humana. Desde la perspectiva budista, el sufrimiento germina cuando nos dominan nuestras propias percepciones y pensamientos, es decir, cuando no somos capaces de comprender y aceptar el ciclo de la vida con todos sus matices.
Por ejemplo, Arthur Schopenhauer (filósofo alemán del siglo XIX) era reconocido por su supuesto pesimismo; sin embargo, sus planteamientos partían del budismo, para Schopenhauer el sufrimiento germina cuando vivimos de las expectativas, cuando no somos capaces de diferenciar la realidad del anhelo o cuando no somos conscientes de los recursos que tenemos; quizás no serían tantos los malestares emocionales sí aceptamos nuestra realidad.
Sin embargo, es importante entender que existen sucesos crueles e injustos que nadie debe vivir; esos sucesos causan sufrimiento porque atentan contra nuestro ser y nuestra integridad; generan heridas emocionales que no son juego y nos vuelven más vulnerables; además cuando esos sucesos son reiterados en el tiempo una persona puede desmotivarse y frustrarse sobre la vida. Es indispensable, reconocer y verbalizar nuestro sufrimiento, porque podemos caer en el bucle de la mortificación hasta el punto de sumergirnos en una completa oscuridad.
La princesa Kaguya nos muestra que cuando no somos capaces de encarar nuestro propio sufrimiento y expresarlo, seremos víctimas de un sufrimiento más intenso, donde nuestras percepciones y pensamientos se convertirán en nuestro enemigo. Así, la princesa carga con el enorme peso de la vulnerabilidad humana: sentirse impotente y desdichada a la vez; querer vivir, pero huir a la vez, además, parece que ha decidido creer que es la culpable de todos los infortunios que vive, para ella la única dicha que existió fue lejos de la complejidad humana, donde la graciosa naturaleza la cuidaba.

No obstante, tarde o temprano la princesa Kaguya tendrá que afrontar la contradicción, la complejidad y la vulnerabilidad humana, porque de eso se trata vivir, pero lo descubre tarde. Isao Takahata nos muestra en esta adaptación que la codicia solo genera sufrimiento y las creencias compartidas pueden ser capaces de ocasionar malestares emocionales, malestares que nos harán descubrir que quizás, “lo correcto” no lo es.


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