Nunca pensamos en la visita de la muerte. Es curioso como nombrarla nos causa respeto y silencio. Tememos a la muerte propia y a la muerte de un ser amado. Creemos que la muerte visita al enfermo terminal, al adulto mayor, al malo de la historia, pero no hace visitas inesperadas, solo visitas programadas.
Sin embargo, la muerte llega sin aviso. Aun cuando el enfermo terminal, el adulto mayor o el malo de la historia: sabe su destino, tiene fe de que la muerte retrase su visita, de que haya olvidado su deber y que un milagro ocurra. Pero la muerte puede aparecer de sorpresa: un accidente o un infarto. Entonces, aparecen las creencias para afrontarla o temerle. Hablar de muerte implica su vínculo con la cultura y la naturaleza sintiente de cada ser.
Así, como la muerte es inesperada, es inesperada la reacción de una persona ante la muerte de un ser amado, entonces nos hablan del duelo. Desde la perspectiva psicológica, el duelo se refiere a aceptar, comprender y afrontar la pérdida de algo (no solo se refiere al ser amado), pero también se refiere a ser capaces de recordar y vivir sin remordimiento o sufrimiento.
El duelo tras la pérdida de un ser amado es un proceso complejo, un proceso donde el tiempo no tiene cabida, porque nos estamos preparando mental y emocionalmente para entender que su presencia no nos va a seguir acompañando. Por tanto, sufrimos porque empezamos a descubrir que tanto las alegrías como las tristezas no las seguiremos compartiendo: un abrazo cálido, una palabra, un gesto. Así, Momo –una adolescente– está atravesando la pérdida inesperada de su papá.

El tema sobre la muerte no se presenta en cualquier conversación, se presenta cuando viene de visita o cuando vemos algo que nos afecta. Nos incomoda nombrarla, nos incomoda saber que es lo único seguro que tenemos, además tenemos ciertas creencias al hablar de ella: alguien del más allá nos va a asustar por la noche, quizás la tragedia viene en camino o es imprudente hablar de ella; sin embargo, hace parte del ciclo natural de la vida.
Entonces, se vuelve un tanto complicado el duelo porque después de cierto tiempo se supone que “debemos tener la frente en alto” y seguir adelante, pero cómo se supone que debamos hacerlo. Desde un acuerdo cultural y social el duelo: empieza y se acaba cuando velamos a los difuntos, parece que nuestra naturaleza sintiente debe suprimirse. Por tanto, Ikuko –mamá de Momo– disimula su sufrimiento porque es el adulto, porque debe ser consciente de la realidad.

Así que, el duelo no se vive de una manera orgánica y consciente porque estamos pensando es en vivir el día a día con las obligaciones sociales. Ponemos en un segundo plano nuestro sentir. Alguna vez, nos hemos preguntado por qué nos avergonzamos de llorar o aceptar que nos duele una pérdida. Sin embargo, puede suceder que la persona que vive el duelo no quiera expresar su sentir, no quiera “sentir lástima”, no quiera ser una carga o no quiera parecer débil.
Nadie afronta la muerte de un ser amado de igual manera porque los recuerdos, las experiencias que vivimos con esa persona las sentimos de modo distinto: algunos cargarán con el peso del remordimiento, por qué lo hice, por qué; otros en su lugar podrán pensar qué les faltó hacer mucho más y se sentirán culpables u otros estarán tranquilos porque piensan que hicieron lo correcto.
Momo es capaz de sonreír porque comprende que, en ocasiones, podemos herir con las palabras y generar malestar, sí no podemos devolver el tiempo para impedir actuar con ira, pero podemos perdonarnos; aceptar lo que hicimos mal y comenzar a actuar con comprensión.
Somos humanos, si supiéramos qué día, año y hora alguien ya no va a estar con nosotros quizás haríamos lo posible por compartir al máximo con esa persona, intentaríamos comportarnos de cierta manera; no obstante, somos seres sintientes, por tanto, podríamos equivocarnos, no tenemos las respuestas de la vida, no debemos exigirnos perfección.

Es inevitable sentir ira, culpa, remordimiento o tristeza cuando vivimos la pérdida de un ser amado. Además, no debemos comparar nuestro dolor con el dolor del otro, cada uno tiene sus cargas. No debemos ocultar nuestras emociones cuando afloran, no debemos avergonzarnos de lo que sentimos cuando el recuerdo viene y extrañamos su presencia; no tengamos miedo de hablarlo en voz alta con nosotros mismos y con los demás, todos estamos aprendiendo del camino de la vida.
Es natural sentir incertidumbre, porque no podemos simplemente eliminar las experiencias, vivencias que compartimos con alguien durante años y mucho menos las ilusiones afines. Vivir la pérdida de un ser amado es un camino de aprendizaje y aceptación, es un proceso que no está dictado por el tiempo sino por nuestra resiliencia.
Tenemos la fe sin importar la religión, tenemos el coraje para no perdernos en el malestar emocional, tenemos la voluntad de aceptar, perdonar y soltar al ser que ya no está presente. Así, Hiroyuki Okiura nos muestra la complejidad de vivir una pérdida, de vivir el duelo, pero nos revela que existe un cielo, un cielo desde el cual nos cuidan y nos protegen quienes ya no viven en el plano terrenal.


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