El resultado de equivocarnos no es una cuestión de vida o muerte. Las veces que nos equivocamos son las veces que huimos o ignoramos las malas decisiones que tomamos. Las malas decisiones son aquellas que afectan al otro, aquellas que por impulso o egoísmo se realizan sin pensar en las consecuencias. Entonces, huimos porque sabemos que una mala acción no se compensa con un simple: lo siento.
Nos recriminamos por las malas decisiones que tomamos, cargamos con ellas como si se tratará de un crimen. Por tanto, pensamos que lo mejor es alejarnos de lo conocido para no seguir perjudicando al otro. Es así, como Gin, Hana y Miyuki se vuelven seres sin hogar; habitantes de calle quienes deciden vivir con la culpa y el remordimiento a causa de sus actos; es imposible que puedan enmendar sus equivocaciones.

Sin embargo, no sabemos lo que piensan o sienten las personas involucradas en nuestras malas decisiones, damos por hecho que su enojo y frustración sólo significa que debemos cortar los vínculos afectivos que nos unen a ellos. Entonces, Gin –un hombre adicto al juego y al alcohol–, y Miyuki –una joven con problemas de ira– deciden desaparecer de la vida de su familia. Han causado daños irreversibles a sus seres amados y todo por su egoísmo.

Pero, resulta que los puentes comunicativos NO se manifiestan: cuando NO expresamos lo que sentimos; cuando preferimos callar y ocultar nuestro sufrimiento; cuando decidimos NO mirar al otro desde nuestra vulnerabilidad. Es verdad, que no podemos pretender que se arreglen los vínculos afectivos una vez seamos sinceros, pero sí podemos encontrar la compasión y el perdón que nos ayudan a sanar la culpa y el remordimiento. Además, depende de cuánto estemos dispuestos a soltar.
No debemos culparnos por ser quienes somos, por nuestros sentires, no debemos culparnos por haber actuado mal, es parte de nuestro aprendizaje, además es necesario para comprender que la vida es un proceso de caer y levantarse. La cuestión es que nos dejamos dominar por el impulso y el egoísmo entonces, por orgullo no queremos aceptar que nos equivocamos.
Es así, como terminamos huyendo porque nos cuesta transformar una mala decisión en la posibilidad de comenzar de nuevo. Nos negamos a nosotros mismos sanar porque aún estamos empeñados en cargar a cuestas el remordimiento, creyendo que así se van a eximir nuestras culpas. Por tanto, debemos asumir con responsabilidad nuestras decisiones –nadie eligió por nosotros–, y debemos darnos la oportunidad de aceptar e intentar otros caminos.
Por otro lado, Hana un hombre con sentires de mujer, un hombre que ama a otros hombres, nos revela el milagro de tener fe cuando el camino parece desfavorable y doliente. Su pasado no está marcado por malas decisiones, más bien por la indiferencia y el rechazo de los demás. Al encontrar al bebé, Hana revive los deseos que no puede cumplir por su apariencia masculina: ser madre, pareciera que su mala decisión fue sentirse mujer en un cuerpo de hombre, parece que en estos tiempos modernos aún es una constante tener que definirse para vivirse.

Entonces, las malas decisiones en ocasiones no son malas decisiones sino, son decisiones incomprendidas y condenadas por el otro. Aquí, los puentes comunicativos se derriban a toda costa, porque priman los acuerdos sociales y culturales, por encima, del sentir propio. Así, Hana nos revela que de nada sirve sufrir por causas externas a nuestro sentir porque quien elige cómo vivir la vida es uno mismo. Por ende, las supuestas malas decisiones que tomemos pueden ser interpretadas desde diferentes perspectivas.
Satoshi Kon y Keiko Nobumoto nos revelan a través de tres personajes con diferentes historias, cómo desde su sentir, experiencia y aprendizaje su pasado se convierte en una carga insoportable a causa de sus decisiones; sin embargo, nos muestran que sí tenemos fe los milagros existen: el milagro de perdonarnos, de perdonar y ser perdonados mediante la aceptación y la honestidad. Depende de nosotros tomar el riesgo de volver a levantarnos.


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