No todos tenemos las mismas posibilidades ni compartimos los mismos sentires. Por tanto, cuando pienso en la familia, se me viene a la mente la imagen típica: del papá, la mamá y los hijos cuya relación es perfecta y sin conflictos. Me pregunto, por cuánto tiempo hemos aceptado esa idea, esa idea que aún está arraigada en cada uno de nosotros y cuando surge algo diferente a ello, lo rechazamos, porque según la norma no debe ser así, sin importar que la norma este mal.
Sin embargo, parece que ahora en estos tiempos modernos debemos aceptar lo que surja, no sé desde cuando reflexionar y comprender desde el amor y el respeto se volvió anticuado. Cada uno está inmerso en sus preocupaciones, en su individualidad; el otro importa en la medida en que me beneficie, por tanto, nos olvidamos de nuestros propios sentires y los sentires compartidos.
Entonces, aparece una familia peculiar: los Yamada. Quienes nos invitan a ser, a quitarnos el peso del deber ser con sus ocurrencias cotidianas. Sí, son la familia típica, pero no tan típica cuando nos muestran con ingenio su manera de sortear las vivencias del día a día.
Así, en la familia Yamada: Matsuko –la mamá– decide salir a distraerse, cuando su esposo en su día libre comienza a exigirle que realice diferentes tareas. Por otro lado, Shige –la abuela– le suplica a Nonoko –su nieta– que convenza a sus compañeros de devolver la pelota nueva; su sentido de justicia ha fallado devuelve algo que no es de ella, por tanto, necesita corregir su error, aunque implique persuadir a su pequeña nieta en tan ardua tarea.

Por tanto, nos muestran la imperfección de las relaciones humanas, la imperfección de hacer las cosas según nuestra intuición y experiencia. No obstante, ahora huimos de dicha imperfección por temor a mostrar quienes somos y no encajar dentro de la norma o la aceptamos en tono de burla, para no sentirnos avergonzados de nuestros sentires.
Por ejemplo, Takashi –el papá– se enoja porque nadie quiere llevarle el paraguas a la estación, la lluvia cae con fuerza, pero compra uno en la tienda de conveniencia; sin embargo, para su sorpresa de camino a casa su esposa e hijos van a su encuentro entonces su enojo desaparece.

Aunque, no lo creamos aquello que nos conforta no es un suceso extraordinario, pensamos que debemos vivir con más intensidad para sentirnos satisfechos, pero Isao Takahata nos muestra que la vida son los pasos que damos cada día. Nos acostumbramos a vivir a toda prisa sin sentir lo que vivimos. Por tanto, la familia Yamada nos invita a relajarnos y a reírnos de nuestras anécdotas cotidianas, porque son parte de nuestro camino.

Nuestra manera de percibir, comprender y explorar la vida está permeada por nuestra familia. Somos gracias a un inmenso tejido de costumbres y puentes heredados. Sí, a medida que pasa el tiempo lo que conocemos se transforma, pero se transforma para darle paso a otras maneras de aceptar y entender la complejidad humana. Por tanto, La familia Yamada al finalizar la película canta: qué será, será para revelarnos que todos compartimos los sentires de lo cotidiano.


Deja un comentario