Satsuki y Mei son dos niñas obedientes; anhelan que regrese mamá. Por tanto, Satsuki ayuda a papá y Mei se comporta como una niña grande. Están dispuestas a colaborarle a mamá cuando vuelva a casa, tienen la promesa de verse pronto. Además, la relación entre padre e hijas evidencia que la comprensión y la comunicación no borran la autoridad, sino al contrario permiten generar confianza.

La familia es más que un lazo sanguíneo, va más allá de ser un componente de la sociedad; la familia no se puede definir de acuerdo con los miembros que la conforman, porque si observamos, hoy por hoy, lo que entendemos por familia no es lo mismo que nos muestra Hayao Miyazaki en este filme de 1988. Sin embargo, nos revela que los vínculos afectivos –desde la calidez de un hogar– son atemporales y son comunes a todos.
Satsuki y Mei nos invitan a volver a sentir la calidez de la inocencia, de querer ayudar, de sentirnos protegidos y amados por quienes nos rodean. Además, vemos que el papá no tiene que gritarlas o maltratarlas para ser escuchado sino, desde la paciencia guía y comprende a las niñas. Ahora, queremos que los niños se comporten como adultos, pareciera que la espontaneidad y la curiosidad deben suprimirse para no molestar, para adaptarse a un mundo hiperconectado donde una pantalla es la respuesta.

Creemos que los niños por ser niños no entienden el mundo complicado de los adultos. Dudamos de cómo su inocencia nos muestra en ocasiones, su comprensión hacia la vida con una simplicidad que nos deja boquiabierta. Alguna vez, también fuimos niños y también el ingenio tocó a la puerta; por qué olvidamos nuestros heroísmos infantiles o nuestros actos sinceros. Aún, habita en nosotros un niño.
Por ejemplo, Satsuki escribe cartas a su mamá de todo lo que viven, no como un deber sino más bien como una necesidad de saber que su mamá vive aunque, se encuentre lejos. En cambio, Mei imita a su hermana, no quiere ser la niña pequeña sino al contrario quiere demostrar que es capaz para que su mamá se sienta orgullosa. Pensamos que los niños no entienden de autoridad o de respeto; no obstante, los niños aprenden observando, son el reflejo de los comportamientos y actitudes de los grandes.

Entonces, los niños comprenden sus experiencias a su manera, sin ignorar que son los padres quienes los guían en ese proceso de entendimiento. Hayao Miyazaki lo muestra de modo sutil, donde los vínculos entre padres e hijos a partir del amor, la comprensión y los puentes comunicativos que se van generando en el proceso de crianza son posibles, sí los padres están dispuestos a cumplir su rol.
En ocasiones, nos venden la idea de la familia perfecta; de los padres e hijos que desconocen acerca de la ira, la frustración o la tristeza a causa de las equivocaciones y las vivencias entonces, creemos que algo no está bien en nuestra familia; aunque, esa supuesta perfección sólo nos muestra la necesidad de esconder nuestra naturaleza humana, sintiente y contradictoria.

No hay padres perfectos, no hay hijos perfectos, así como no hay familias perfectas. Lo revela Hayao Miyazaki; Satsuki y Mei se esfuerzan, al igual que su papá se esfuerza en el trabajo y los quehaceres del hogar, porque el curso de la vida no es un camino sin equivocaciones, sin frustraciones ni mucho menos sin tropiezos, debemos esforzarnos y motivarnos para vivir. Una historia que nos invita a sentir –a través de los ojos de un niño– la bondad de la familia.


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