En el colegio nos enseñaron sobre la historia mundial, sobre la historia nacional y sobre el homo sapiens; teníamos que aprendernos las fechas importantes, aprendernos los héroes de la patria entonces, nos sentíamos obligados a entender una historia que sentíamos ajena, porque no la vivimos, porque era parte del pasado; además saber de historia no nos iba a ayudar a afrontar los cambios hormonales de la adolescencia.
Por lo tanto, la historia se quedó grabada en algún rincón de nuestra memoria y ha sido útil para entender los tejidos complejos de la humanidad. Sin embargo, el acto de narrar, de contar no sólo parte de la historia comprendida desde las ciencias sociales, sino que también la historia se narra a partir de nuestras experiencias y vivencias, es decir, todos tenemos una historia que es única e irrepetible.
Por primera vez, cuando nos acercamos a alguien desconocemos su historia y con ella sus sentires. Entonces, nos sorprendemos de su forma de expresarse; pensamos que como tenemos intereses comunes, el otro va a actuar e incluso, a pensar como nosotros, pero resulta que no es así, porque su historia está marcada por experiencias, aprendizajes y vivencias que lo llevaron a generar comportamientos, sentires y costumbres que son propias y heredadas.
Así, Shinko quien es extrovertida e imaginativa, se acerca a Kīko porque siente curiosidad por la chica nueva de la clase, por la chica que es ignorada por sus aires de extranjera, quizás es la princesa que busca. Nos acostumbramos a generar juicios de valor sobre las personas sin conocerlas, nos acostumbramos a señalar al otro porque no actúa como nosotros.

En consecuencia, aquello que no esté en sintonía con lo que creemos lo rechazamos, desconociendo su historia. Pero, Shinko descubre que más allá de la apariencia, cada ser carga con el sufrimiento de una historia vinculada a ellos. En ocasiones, nos dejamos convencer por nuestros propios juicios de valor, aunque estén errados. Además, en menor o mayor medida nosotros también cargamos con historias que están vinculadas a nuestra vida y parte de esa historia influye en nuestra naturaleza sintiente.
Desde la perspectiva del karma –partiendo del budismo–, todas las acciones, comportamientos o palabras que generemos sean positivas o negativas tendrán un efecto en nuestro camino. Por tanto, debemos ser conscientes de nuestro actuar y hablar. La historia que tejemos, compartimos está conectada a costumbres, herencias y experiencias con otros. Así, Tatsuyoshi le promete a Shinko que va a estar bien tras el suicidio de su padre, comprende que la venganza sólo causa más dolor.

No podemos ocultar nuestra naturaleza sintiente, no podemos ocultar nuestras raíces ni mucho menos nuestras experiencias, sí lo hacemos no engañamos a los demás sino nos engañamos a nosotros mismos. Nuestra historia no está determinada sólo por los acontecimientos sino también por el modo en que decidimos sentir y vivir cada momento. Shinko imagina las historias contadas por su abuelo e invita a Kīko a disfrutar los momentos cotidianos, sin cargar con la muerte de una madre que no recuerda.

Sunao Katabuchi nos revela que todos tenemos una historia y que esa historia está determinada por la voluntad, la motivación y el coraje de vivir cada día. Decidimos la manera de sentir la vida, pero no podemos adivinar su curso. Así, Gin, Hana y Miyuki nos revelan que el pasado en ocasiones, se convierte en una carga cuando no estamos preparados para aceptar las consecuencias de nuestras elecciones, aunque sean parte de nuestro camino.
Mi historia, tú historia y nuestra historia se teje por los pasos que damos y dieron nuestros antepasados. Entonces, la historia no puede descartarse desde la dualidad: es desgracia o heroísmo, no podemos narrarla desde lo que pensamos que es, es decir, nuestros juicios de valor, sino que debemos sentirla y comprenderla desde su génesis –origen–.


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